¿Se puede formar a un directivo en un año? ¿En un aula?

- Jue, 18/08/2011

Fausto García

Autor: Fausto García, director académico del MBA del IAE Business School.

 
Escuelas de Negocio en la mira
 
En los últimos tres años fue posible ver cómo los mismos académicos hacían propia la discusión sobre el valor que tenía la formación ejecutiva, especialmente en las escuelas de negocio de mayor historia. Necesitamos directivos, no "MBAs", sostiene Henry Mintzberg en su libro del 2004, que señala, con mucha investigación de soporte, que es necesario cambiar tanto la práctica directiva como la educación para la misma.
 
Desde las publicaciones académicas se sigue discutiendo si es cumplible la promesa de formar verdaderos directivos en un aula, y las falencias, hoy tan evidentes en los escándalos y decepciones de los mercados, a los que lleva el hecho de dar por sentados ciertos postulados tomados acríticamente. Por ejemplo el de aceptar que las leyes de libre mercado son la  respuesta a todos los problemas, y hacer de esto el fundamento para la educación en negocios.
 
El derrumbe de organizaciones y sistemas económicos hizo que los medios acusaran a las escuelas de negocio de haber hecho la vista gorda al relativismo moral que florece en los campus y en el mundo mismo de los negocios. Y hablamos de las mejores escuelas de negocio cuando vemos quiénes son el blanco de estos disparos. Businessweek, entre otras, las llegó a llamar "enemigo público número uno", y se las acusó de ser incentivadoras de gente con pocos escrúpulos y portadoras de una ética relativista.
 
Está instalada la duda acerca del valor que da a un verdadero directivo el hacer un programa MBA. Muchas escuelas reaccionan de modo inmediato modificando sus currículas, y agregando materias que tengan que ver con la ética. La comunidad empresarial y gubernamental se preguntan si es suficiente con agregar nuevos contenidos. ¿Asegura esto que, llegado el momento de la verdad, se obrará, efectivamente, de modo ético? Se reclama algo más que conocimiento formal académico.
 
Algunas características esenciales para la dirección, pueden ser desarrolladas en el aula. Por ejemplo, algunas competencias - conocimiento, habilidades y capacidad de juicio-, y en gran medida también la motivación - aspiración, compromiso y capacidad de sacrificio para ejecutar su rol. Pero además, un directivo debe mostrar lo que algunos llaman carácter, los valores y virtudes universalmente reconocidas como dignas de mérito y orgullo. Entre ellas podemos encontrar el coraje o fortaleza y la prudencia o razón práctica.
 
Estas características pueden comprenderse intelectualmente, pero su desarrollo requiere además del ejercicio. Del mismo modo que lo requiere la ética, se debe ir más allá del diseño de una currícula. Tendrá que ver con ciertas características innatas, el porte moral y las aspiraciones genuinas de quien aspira a una carrera directiva. El problema no debería ser mayor, en cambio, si lo que se busca es una sustancial mejora en la posición competitiva del postulante a MBA, en aras de conseguir un trabajo de mayor contenido, más retador, y mejor remunerado. Un indicador de gran peso en los Rankings de Escuelas fue durante tiempo sólo éste: diferencias entre sueldo del aspirante al ingreso y al egreso del Programa.
 
Pero si convenimos que no hay atajos para desarrollar una verdadera obra de arte, para alcanzar la excelencia en el ámbito que sea, con más razón esto se aplica a los hábitos personales. Y en particular a la prudencia, virtud capital en un directivo, que es esa capacidad de "ver de lejos" el fin que se busca, de discernir y decidir en consecuencia, de concretar lo que lleva a la consecución de ese fin. ¿Qué tipo de experiencia pueden dar la Escuelas de Negocio que faciliten este desarrollo? ¿En qué horizonte de tiempo?
 
¿Es una cuestión de contenidos, de currícula, o debemos cambiar el enfoque del problema? Podríamos revisar, más allá de los contenidos, la visión misma del concepto de arquitecto organizacional que las Escuelas asumen como base de su educación. Es decir, el paradigma de directivo al cual quieren formar. Esto significa revisar la visión que se tiene de la naturaleza del trabajo del hombre de empresa, y así entender el tipo de educación con la cual apoyarlo en este desarrollo.
 
Este planteo lleva a revisar no sólo la currícula sino las mismas preguntas de partida de toda investigación que se lleve a cabo desde el Faculty. Y más importante, el comportamiento de sus profesores y directivos. Deben dar respuesta a problemas más basilares como la necesidad de superar el individualismo, o de evitar pensar sólo en términos de negociación y pasar a modos creativos de creación y desarrollo, acorde a las necesidades de nuestra región. Esto plantea al Programa una meta que va más allá de la de señalar cómo conseguir un trabajo mejor pagado.
 
La escuela de negocios no puede conformarse con dar una experiencia educativa de tiempo limitado, sino hacerse cargo también de acompañar en el proceso que esta experiencia inicia en cada egresado, específicamente en el momento que dejan la capacitación formal.  La experiencia de haber hecho un MBA queda atrás, mientras es a la vez el puntapié inicial de un nuevo camino formativo en el directivo, cuando el esfuerzo por desarrollar las habilidades prudenciales se ponen en juego. La escuela debe estar, por lo tanto, preparada para acompañar, y el sujeto para dejarse acompañar.
 
Las escuelas también necesitan que los evaluadores y los medios de comunicación hagan su parte a la hora de medir y difundir los rankings. Si las mediciones consideran algunas de las dimensiones importantes que hemos mencionado, la discusión y reflexión de las escuelas sobre la visión del directivo se facilitará. La dificultad de  encontrar medidores objetivos se justifica si el esfuerzo y la discusión facilitan este cambio de paradigmas.
 
Las acusaciones a las Escuelas de Negocio radican más en problemas de fundamentos que en términos de currícula. Pensar en términos de contenido y de tiempo es, entonces,  insuficiente para el cambio que la profesión de ser dirigente necesita. Se debe discernir el tipo de dirigente al que aspira el proceso formativo, y contrastarlo con la visión y el ejemplo. Un año puede ser insuficiente para que los objetivos mencionados se alcancen, pero no para comenzar y acompañar un proceso profundo de cambio. El modo de diseñar y dirigir un programa MBA debe ser muy honesto en este sentido. Debe encarar a cada individuo que sienta ese llamado a ser dirigente, con la realidad de que el proceso es necesariamente arduo, y que no existen atajos para cumplir con esa vocación.
 
 
 

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