El uso del lenguaje en el Management

Por: Javier Fernández Aguado, Director de la "Escuela de Directivos Javier Fernández Aguado”, de Bureau Veritas Business School, España. - Mar, 16/07/2013

Javier Fernández Aguado_BVCU

El lenguaje no es inocuo, crea realidad. Cada palabra tiene, cuando menos, dos niveles interpretativos. Cualquier persona modifica el tono y los términos en función de que su objeto sea alabar o menospreciar algo o a alguien. Esa tendencia se sofistica en las organizaciones. Así, hoy en día, a quien se desea desprestigiar se le califica de "fascista". Por el contrario, si se desea ensalzar una propuesta se le otorga, sin particular fundamento conceptual, el adjetivo "progresista". Nada se acerca tan profundamente al alma de un grupo humano como el lenguaje.

Cuando escribo estas líneas se conmemoran 80 años de la toma del poder en Alemania por parte de Adolf Hitler. Voy a referirme a esos hechos para reflexionar sobre el tema enunciado y la necesidad de prestar atención al tema para lograr equipos humanos comprometidos. 

Las palabras pueden curar, o actuar como una dosis de arsénico: si son pequeñas, puede uno ir tragando sin darse cuenta hasta que acaban por desarrollar su tóxico efecto. Cualquier régimen -totalitario o no- ha utilizado este veneno. Los nazis crearon pocas palabras, pero alteraron el valor de muchas y también la frecuencia y el sentido con los que eran utilizadas.

Uno de los objetivos de cualquier régimen totalitario es bloquear el pensamiento de sus sometidos. Con la gente más joven se logra teniéndoles ocupados el mayor tiempo posible y limitando el desarrollo de su capacidad crítica. Con las personas de mayor edad, se procura bloquear la capacidad de raciocinio definiendo sistemas de censura o, lo que es más grave, promoviendo la autocensura. Lo peor no es no tener tiempo, sino no contar con espacio en el alma para pensar... A eso aspiraban las autoridades nazis, como otras organizaciones públicas y privadas en todo el mundo y en diversas épocas. Goebbelstuvo como objetivo lograr una masa embriagada y, a quien no se dejase emborrachar por su lenguaje, le aplicaba la medicina del miedo.

Los nazis se empeñaron en eliminar del lenguaje términos como "arrepentimiento", "conciencia", "ética" o "moral". La cuestión es relevante, porque al igual que uno de sus autores más denostados -Freud- lo que pretendían era impedir la capacidad de recapacitar del ser humano. Eliminar la culpa del lenguaje y de la existencia no es algo indiferente. Significa, en el fondo, anular la potencialidad de la persona de volver a arrancar, de plantearse la realidad de una nueva manera. Una de las más radicales potencialidades del ser humano es rectificar sobre lo realizado. Para hacerlo, es precisa una sinceridad vital para reconocer que lo previamente realizado estuvo mal. Si lacontrición desparece, el hombre queda condenado a la postración, al inmovilismo...

Las mentiras se multiplicaron desde el principio del régimen que estamos utilizando como excusa para la reflexión: tras el gravísimo error en la campaña de Rusia, pues los soldados no habían sido dotados con ropa para el frío, fue puesta en marcha la "ayuda invernal voluntaria", en la que en realidad era obligatorio pagar, y solo quedaba al libre albedrío el incremento de las entregas estipuladas. Además, el empleo de la palabra "ayuda" en realidad sustituía a la menos agradable de "impuesto".

El término "espontáneo" es empleado reiteradamente  por organizaciones que no entienden qué sea la libertad. Era un término muy utilizado por los nazis, al igual que por los bolcheviques. Suena a broma de mal gusto que los campesinos soviéticos persiguiesen "espontáneamente" a los kulaks, al igual que resulta patético que se emplee ese término para hablar de los cientos de miles de alemanes que salían a aclamar al Führer. Como si no supieran que de no hacerlo se verían sometidos a las tropelías de la Policía del régimen, como, cuando se escriben estas líneas, en otros países.

Otras palabras sustituidas fueron las de "política agresiva". En su lugar se empleaba "política dinámica". Siempre eran los otros quienes atacaban a Alemania. Ellos, si nos atenemos al empleo del lenguaje, ¡solo se limitaban a defenderse! ¡Cuántas organizaciones emplean esa misma actitud para encubrir las carencias de sus directivos!

Las retiradas nunca fueron tales, sino "rectificaciones del frente". Las dificultades graves ante los ataques de los ejércitos enemigos eran "pausas momentáneas".

Un término empleado fue el de "fanático" para sustituir a "audaz", "comprometido", "consistente", etc. La diferencia es que ahora había que creer, porque sí cuando no por mero miedo. Se exaltaba hasta el paroxismo la "fe fanática en la victoria final". Hasta tal punto se llegó que incluso en los espasmos del régimen, en el Berlín de abril de 1945, algunos seguían creyendo ciegamente en la reversión de la derrota.

El fanatismo, tan propio de organizaciones con una idiosincrasia en la que el mayor enemigo es quiendesarrolla pensamiento propio, llevó a que muchos consideraran que todo lo que se decía en el extranjero era radicalmente falso. Llegó a tanto el proceso de atontamiento que cuando los aliados mostraron documentales sobre los campos de exterminio, algunos alemanes pensaban que habían sido manipulados para mostrar una realidad que nunca había existido.

El nazismo, al igual que otros regímenes políticos, religiosos o económicos, procuró sustituir el entender por el creer. Había que asumir con fe ciega lo que Hitler y sus adláteres afirmasen y rechazar virulentamente cualquier otra interpretación de la realidad. Esta actitud caló tan hondo que Gobebbels pudo llegar a afirmar: "no necesitamos saber lo que el Führer quiere hacer. Nosotros creemos en él".

Algunos, ante el modo de actuar de muchos súbditos del III Reich, han recordado con injusta generalización las conocidas expresiones de Tácito: "tan grande es la terquedad de los germanos, incluso en el mal. Ellos la llaman fidelidad". 

Aunque la expresión es de Lenin, bien podría haberla formulado Goebbels o el mismo Hitler: "un maestro es como el ingeniero del alma". El Führer y su ministro de instrucción se sintieron, sin duda, ingenieros del espíritu alemán...

El valor de la palabra solo es ignorado por los romos. En la vida tiene un peso ineludible. Preguntaron a una berlinesa recién salida de prisión:

-¿Por qué estuvo usted en la cárcel?

-Por ciertas palabras...

De la relevancia de la cuestión supo tanto la Gestapo que en cierta ocasión lanzó un rumor en Berlín solo para verificar cuánto tiempo y por qué canales llegaba el chisme a Münich. No en vano, el Führer fue esencialmente un manipulador dellenguaje que nunca empleó, por ejemplo, el término "retroceder", sino el de haber establecido "un frente elástico".  Y que se centró en palabras mágicas -"pueblo alemán", "Lebensraum", "espíritu germano", etc.- para conducir a un pueblo al desastre.

En las organizaciones deberíamos permanecer más atentos al lenguaje, porque es causa, y también consecuencia, de realidades graves en el modo de gobernar personas. Solo así se explica que en periodos de crisis se hable de "limpiar la organización", como si los empleados fuesen basura. Con el lenguaje, los directivos construyen o arrasan, se tornan dioses o diablos. En nuestra mano está elegir lo mejor o lo peor.